RETAZOS DE MI MUNDO INTERIOR

 

 

 

 

 

Muchas veces oigo la frase “es que como es mayor …”, dando carta blanca a ciertas actitudes nefastas de personas mayores, como si el mero hecho de ser mayor bastara para tratar al prójimo de una forma displicente. La educación y los valores nos deben de acompañar siempre.

En mi familia, siempre he estado rodeado de personas muy mayores que me transmitieron mucha paz interior. Como mi abuelo materno, tengo primos hermanos mucho mayores que yo, e incluso un sobrino de primo hermano mayor que yo. Este hecho ha marcado mi predilección por trabajar con personas de la tercera edad siempre que ha sido posible.

De mis abuelos, conocí a mi abuelo paterno apenas unos meses, mientras que tuve la inmensa fortuna de compartir mucho tiempo con mi abuela paterna Lydia. Sus últimos años los pasaba con nosotros en Puerto de Sagunto o con mi tío en Valencia, pero los Veranos los pasábamos en Linares de Mora (Teruel), pueblo del que desciende mi linaje paterno. Desde la niñez, recuerdo frecuentar el pueblo muchos fines de semana, y pasar largas temporadas los Veranos.

En Invierno había que dormir con la bolsa de agua caliente, dado que la estufa de leña no calentaba como los sistemas de calefacción actuales. Recuerdo con afecto los matapuercos en “Peñacalva”, masía en que nació mi padre. Esas reuniones intergeneracionales fueron mis primeras enseñanzas del trabajo en equipo, mientras que en Verano las tareas tenían que ver con la trilla.

Nuestro último Verano fue el de 1997. Ese Verano apuré 4 meses, hasta finales de Septiembre. Ya no quedaban veraneantes en el pueblo, pero casi siempre prefería compartir tiempo con mi abuela antes que con personas de mi edad. Era mi vínculo femenino seguro afectivamente, lo que hacía que hechos cotidianos y sencillos tuviesen una gran relevancia para mi: buscar rebollones, coger endrinas para hacer pacharán, hacer mermelada de moras, cortar leña, coger la bombona de butano, ir a la tosquilla, subir a la novena de Santa Ana a misa a la ermita, cantar jotas a sus cuñados, ir al huerto con su hermana o jugar a “la perejila”.  La recuerdo siempre atenta, amable, sonriente, con abrazos, algún mensaje alentador, optimista, regalando obsequios a los nietos de su prima y detalles a cualquier vecino, y teniendo palabras bonitas con los niños más traviesos.

Cuando se despidió en Abril de 1998, apenas me faltaban 2 meses para tener la mayoría de edad, pero fue tan grande la conexión que me marcó profundamente para entender e integrar lo importante de la vida: el amor desinteresado e incondicional que podemos entregar a los demás. Ahora, cada vez que voy a una residencia y comparto vivencias y canciones con alguna centenaria la recuerdo, y me da fuerzas para seguir adelante en tiempos de incertidumbre, conectando con su habitual “Dios aprieta, pero no ahoga”.

No justifiquemos a nadie por ser mayor. Muchas veces nos toca convivir con jefes tramposos, líderes narcisistas y vecinos sin empatía, pero si damos ejemplo desde la paz, serenidad y la solidaridad podremos contribuir a crear una sociedad mejor que llegue a la senectud siendo referente para el prójimo hasta el final de sus días.

 

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